viernes, 23 de noviembre de 2012

Un clásico: Ovidio

Una edición de dos obras de Publio Ovidio Nasón.
Ovidio; Amores, Arte de Amar; Del Nuevo Extremo; Biblioteca Clásica Gredos; España; 2008.

De "Ars amandi" elijo los versos que tienen relación con otras obras clásicas de Homero, Catulo, Virgilio, etc.

Libro II: De las Alas del Amor a  las Alas del Ícaro. (V. 21-99).

En este libro se relata la narración de Dédalo e Ícaro  cuya relación con el Arte de Amar, propuesta por Ovidio, son las alas, elemento común al Amor y a Dédalo quien había sido desterrado de Atenas por haber matado a su sobrino Perdiz  había llegado hasta Creta  donde fue retenido por  Minos, rey de la isla.

Dédalo decidió que tanto él como su hijo escaparan del encierro propuesto por el rey Minos de la siguiente manera: construyendo alas de cera para salir volando.  A pesar de que Dédalo, resuelve escapar por aire, Ovidio emplea metáforas náuticas como por ejemplo: “…con estas barcas hemos de dirigirnos a nuestra patria”; “unas plumas, remos de los pájaros”.

Una vez  que Dédalo termina de construir las alas para su hijo Ícaro, le dijo: “Minos no ha podido cerrarnos el aire, todo lo demás nos lo cerró: y puesto que tienes acceso al aire, atraviésalo con este invento mío. Pero no debes mirar de frente a la doncella de Tegea…”.  Aquí la prohibición está en la base de los conflictos como en el esquema de los cuentos populares en donde si quebranta esta norma, traerá una desgracia.

Dédalo recomendó a éste que no volara muy alto porque la cercanía con el sol haría derretir la cera que adhiere las plumas. Dédalo había dispuesto las plumas en orden y las ató con un hilo.  Luego, desde el cañón o cálamo de las plumas, Dédalo, las incrustó a la cera derretida con fuego.  

Otro de los consejos que dio Dédalo a su hijo fue que tampoco volara tan bajo, cerca del mar porque las plumas al agitarse, se mojarían.

Una vez que el padre se coloca las alas y también  a su hijo, emprenden vuelo hasta que Ícaro asciende cerca del sol en donde el hilo que sujetaba las plumas se desata, la cera se derrite y el muchacho cae sobre el mar. Dédalo lo llama desesperadamente, con palabras de Ovidio: “Ícaro”, grita llamándolo, Ícaro, lo llama a gritos, ¿dónde estás? ¿Y por qué zona del cielo vuelas?, ¡Ícaro!, lo llama a gritos lo llamaba y vio las plumas sobre las aguas”. La anáfora triple del nombre propio en una circunstancia fúnebre como esta, es como el rito romano de llamar por última vez a los difuntos (conclamatio), repitiendo tres veces su nombre. Un ejemplo de esto es en las Geórgicas IV, 525-527: “Alí aún cuando arrancada la cabeza del cuello marmóreo entre sus remolinos llevándola al Hebro de Eagro la hacía rodar, a Eurídice la sola voz, la fría lengua, ¡ay!, a la triste Eurídice con fugitiva alma llamaba , y a Eurídice por todo el río recordaban las costas”.

Hércules enterraría al muchacho en la Isla de Dólique que más tarde se llamaría Icaria al igual que parte del mar Egeo, a quien Ícaro con su caída dio   nombre.

 

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