sábado, 9 de enero de 2016

Escrituras

Hoy comienzo a añadir textos pensados y llevados al papel en el año dos mil catorce. 
Fueron escritos en el marco de la formación del Profesorado en Lengua y Literatura del IES I "Dra. Alicia Moreau de Justo" en la asignatura Didáctica de letras a cargo de la Profesora Paula Labeur. Ella nos formó en el arte de la escritura de invención a través de consignas muy creativas y de su autoría. La idea no es copiar aquí la consigna dada por la profesora sino explicar de que se trató nuestra tarea en tanto alumnos.
Por ejemplo, en un primer momento nos invitó a leer Historia (de un cronopio) de Julio Cortázar: 

Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta". (En Historias de Cronopios y de Famas, 1962).

A partir de ese texto debíamos pensar una posible forma de expandirlo. No obstante esto y luego de hacer y deshacer muchos borradores, decidí que naciera Ataraxia. 





Ataraxia.

Aquella casa era una mansión de dos plantas. Enorme. Las ventanas siempre cerradas le daban un aspecto sombrío y oscuro. Apenas la tenue luz del sol se colaba por entre las hendijas de las persianas. El calor de la atmósfera era tan abrumador que la brea del callejón sin salida donde se encontraba la residencia, se derretía entre los dedos. Pero a pesar de que afuera el calor no daba respiro, la residencia estaba congelada y se percibía una profunda oleada helada en ella.

En planta baja, el comedor donde grandes banquetes se habrían festejado en aquellas épocas de auge y esplendor de los habitantes de aquella casona. Contiguo a éste la gran sala de estar equipada con antiquísimos sillones cubiertos con bolsas de nylon. También caireles, viejos jarrones, platos de porcelana japonesa daban el aspecto de lugar deshabitado desde hacía años.
Lindante a la gran sala, una larga escalera de opaco mármol que parecía conducir al firmamento. Desde los peldaños se percibía una nauseabunda pestilencia a cigarrillo.

Allí estaba yo, justo con un pie en el escalón como para subir las escalinatas y llegar hacia aquel lugar desde donde provenía la tufarada a tabaco. Mientras ascendía con mis pasos escuchaba una voz ronca que tosía. La tos, constante como un solo de concierto de tambores africanos.

Por fin llegué al final de aquella escalinata y me topé con una añeja puerta que conducía a una de las sombrías habitaciones. Yo estaba allí, esperando entrar. Sabía que mi función era atender al paciente pero una helada sensación corría en mi interior. Dudé en quedarme. Atiné a dar media vuelta y marcharme. Finalmente golpeé la puerta, ésta se abrió. Aún sin entrar una envolvente humarada cercó mis sentidos e hizo que me adelantara un paso hacia adelante y apareciera en aquel congelado cuarto. De repente todo era un silencio ensordecedor y caí en la cuenta de que no escuchaba más aquella enferma tos.

El abrumador silencio había cubierto la tos, mis pasos por los escalones, la ola de calor del exterior de la casa, mis pensamientos. Yo estaba allí tiesa, inmóvil hasta que reaccioné, caminé por aquel habitáculo y pregunté si habría alguien, elevé mi volumen de voz una y otra vez. Dejé pasar unos minutos y en un ensordecedor grito reformulé mi pregunta. Ninguna respuesta. Yo permanecía allí pero ahora decidida a marcharme. Me dirigí hacia aquella antigua puerta y coloqué mi mano en su viejo y descascarado picaporte. No llegué a tocarlo pero, una extraña y pequeña criatura, como saliendo de la nada y volando se detuvo ante mí. Primero tosió con voz ronca, como escupiendo aquel humo envolvente de aquella sombría y fría pieza. Tosió una y otra vez. Después logró mirarme rígidamente y ahí descubrí sus aguachentos ojos. Recuerdo que en ese instante comencé a marearme. Aquella fría, sombría y humarada alcoba comenzó a girar a mi alrededor cual una calesita en una plaza un día domingo. En un determinado momento caí al piso,inconsciente, desmayada, dormida, estaba yo ahí tirada.

Aquella extraña, pequeñita, peludita, insignificante criatura de ojos aguachentos comenzó a revolotear de aquí para allá impacientemente. Mientras volaba buscaba. Buscaba y volaba. Rastreaba una llave. La llave de la puerta de calle para escapar de aquella horrible, sombría, fría pieza en la yo yacía inconsciente.
Aquel raro ente buscaba en la mesa de luz, luego buscaba la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa allí, en ese callejón sin salida que para él era la salida a la calle.

Recuerdo que en un determinado momento desperté y lo vi buscando. No sé qué fuerza interior me inspiró a dar un salto, tomar a la extraña, pequeña y confusa criatura y devorármela de un bocado. Luego comencé a sentir que de mis pies brotaban alas y en ese mismo instante comencé a volar. Buscaba. Buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, aquel dormitorio con tufo a tabaco en aquella helada y oscura casa y la casa en aquella calurosa, sofocante, agobiante pero libertaria calle.

Adriana Ester Morelli




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